miércoles, 18 de marzo de 2026

Lepantito II

 

(Si no leíste la primera parte, acá esta:

https://bastetdelsur.blogspot.com/2016/09/lepantito.html )



Lepantito II



De repente, entre el cruce de Miguel Ángel y José Abascal, sobre uno de los cuatro semáforos del pueblo, se escucha un bocinazo largo y sórdido. Acto seguido, otros cláxones silban. Frenadas, gritos, insultos, peleas. Era un día de verano. El calor pegaba en el asfalto y trepaba por las paredes de las casas. Pleno centro de aquel pueblo que se convertía en ciudad. La gente se agolpaba en la esquina para ver la discusión. Por esa vereda, un hombre acelera el paso. Distante, ajeno a lo sucedido, atraviesa con rapidez la zona. Varias cuadras adelante, aminora la marcha. Ya se ha alejado del centro, del estrepitoso fragor. Acalorado desajusta su corbata, camina tarareando su canción:

Senzeni na?

Sono sethu, ubumnyama?

Sono sethu yinyaniso?

Sibulawayo

Mayibuye i Africa

 

Sigue su camino lentamente, sin apuro. Veinte cuadras son las que lo separan de su hogar. Llega a las calles de tierra y su seño se afloja. Se saca el saco y la camisa para ponerse una camiseta que llevaba en la mano. Piensa. Su pueblo ya no es el mismo. Ha crecido notablemente a través de los años. Añora aquel que encontró 32 años atrás, cuando se asentó en él con su padre.

Desde la esquina de su casa, ya se escucha el bochinche que hacen sus hijos. Resopla. Lo primero que hace al llegar, es sacarse los zapatos y las medias. Estira los dedos de los pies. Es recibido por dos niñitos juguetones que pegan con fuerza cucharas sobre ollas, y acompañan el ruido con aullidos que suponen una canción. Se dirige a la habitación. Allí deja la ropa, se saca el pantalón y se pone una bermuda. Desde la cocina la voz agitada de su señora lo solicita. Antes de ir, hace una parada en la habitación de la bebe. Está dormitando. En la puerta de la cocina se topa con su hija mayor, Isabel, quien enojada, por algún motivo, lo lleva por delante y, haciendo berrinche, se va al patio. Besa a su mujer como si fuera parte de una rutina. La nena estaba haciendo desastres con la manteca y haría. Había dejado todo sucio y la madre enojada la mandó  afuera. Él agarró un trapo y se puso a limpiar. Silencioso, escuchaba irremediablemente las canciones de sus hijos, los reproches de la nena, la beba que comenzó a llorar y a su esposa que regañaba. Resopla nuevamente. Termina de limpiar, busca a Mbali, su beba, y sale al patio. Allí sonríe. Están sus perros Sancho, Rodaja y Galatea.  

Calma a la bebe y saluda a los perros. En la otra punta esta Isabel chinchuda. La llama. Ella no va. Se sienta en una sillita y le canta a Mbali. Luego de un rato se va a la veterinaria que tiene al fondo. Isabel va detrás de él. Entra el lugar y abre las ventanas para ventilar. Isabel, inquieta, toca las cosas. 

Lepantito: Isabel. Te dije que acá no se juega. Acá papá cura a los animalitos. Por favor no toques - Dijo sin efusividad.

Isabel lo mira con recelo y le hace caso.

Isabel: papa, ¿cuándo vas a terminar de estudiar? Mama dice que te falta poco. ¿No querés recibirte?

Lepantito: Yebo, Yebo (si, si) Pero…es difícil, tendría que ir a la ciudad y dejarlos a ustedes. No tengo tiempo. Tengo que trabajar. Viste que en esta sociedad es el hombre quien se hace cargo de la economía del hogar. De donde yo vengo era al revés, la mujer se atendía esos asuntos. -  Lepantito le hablaba a su hija de diez años como si fuera mayor, tal como Conrado había echo con él.

Isabel: Mama dice que podrías hacerlo, que tenes la opción de rendir libre pero que no queres.

Lepantito. Claro que quiero, nena. Pero no se ha dado el tiempo aun.

Aparecen Xoloni y Themba corriendo y gritando.

Lepantito exasperado: ¡no, no! Afuera chicos. Vamos, afuera que acá no se juega.

Salieron todos al patio. Los niños seguían dando vueltas.

Lepantito: ¿qué es lo que pasa? 

Themba sollozando: ¡Xoloni se está comiendo todas las galletitas! 

Xoloni, eufórico: ¡Cha! (¡No!) ¡Mentira! ¡Él se las estaba comiendo solo a escondidas!

Lepantito: bueno, a ver. ¿Qué? ¿no les conté el cuento del juego que propuso el antropólogo?

Isabel: uuuffff, ¡Yebo! ¡Un montón de veces!

Themba: Cha. ¡Lo quiero escuchar!

Lepantito: Vengan, siéntense acá,  y escuchen – dijo sin muchas ganas -  Resulta que un día, un antropólogo le propuso un juego a un grupo de niños en una tribu africana. Puso una canasta llena de frutas cerca de un árbol y les dijo que el que llegara primero, ganaría todas las frutas. Cuando dio la señal de que corrieran, todos los niños se tomaron de las manos y corrieron juntos, después se sentaron a disfrutar del premio. Entonces el hombre les preguntó por qué habían ido así, si uno solo se podía haber ganado el premio y podía haber tenido todas las frutas, a lo que los niños le respondieron: “UBUNTU”.

Hizo una pausa y miro a los niños. Estos se miraban entre ellos risueños.

Xolani, sonriente y desconcertado: Y… ¿qué era Ubuntu? ¿Qué quiere decir?

Los niños estaban ansiosos por escuchar la explicación.

Lepantito: Ubuntu significa “yo soy porque nosotros somos”. Los niños le explicaron al antropólogo que uno no podría estar feliz si el resto estaba triste. ¿Entendieron? “Mientras se gana algo, no se pierde nada” Eso quiere decir que tienen que aprender a compartir.

Los niños asintieron y salieron a jugar. Lepantito volvió a la casa, dejó a la bebe en la sillita y se sentó a la mesa con su mujer.

Catalina: ¿cómo estuvo tu día?

Lepantito la miro. Bien. 

Catalina bufando: ¿qué te pasa?

Lepantito: nada. ¿Que dije? Me fue bien, no sé, normal.

Catalina suspirando: Creo que tendrías que ir al psicólogo de nuevo. Si a mí no me queres contar, entonces contale a alguien más. ¡Yo ya no sé qué hacer! Así no se puede más. Algo te pasa. – poniéndose nerviosa y enojándose - Algo evidentemente te pasa. Llegas a casa y… estas así, sin ganas. No te importa nada. ¿Cuánto hace que no los retas a los chicos? y se la pasan peleando. Los sentas ahí… a contarles cuentitos, te miran… y ¡se van a pelear otra vez! Mira, ahí los tenes – aparece Themba llorando y atrás Xolani  con cara de “yo no fui” -  Conmigo no hablas, no usas tu brazo ortopédico, al trabajo vas y volves caminando cuando tenes auto. O bicicleta. ¿No queres estar más acá?

Lepantito: tranquilízate. Por supuesto que quiero estar acá con ustedes. Son todo para mí. No pasa nada. No sé qué me estas reclamando. Está todo igual.

Así comenzaron a discutir. Él sin ganas. Ella frenética. 

Lepantito estaba en sus cuarenta y tantos años. Era una época nostálgica para él, hacia algunos días había sido el cumpleaños de Conrado, y como era su costumbre, iba al cementerio y se ponía melancólico. Amaba su vida: sus niños, su mujer, sus mascotas. Pero se sentía incompleto. Capaz era el hecho de que le faltaba solo unas cuantas materias para recibirse de veterinario. Igualmente, atendía a los vecinos que buscaban ayuda con sus animales. Y por cierto, era muy buen veterinario y buen vecino. En el pueblo era querido y respetado por todos. Siempre fue  muy bondadoso y servicial. Pero algo sentía que le faltaba. Quizá era su trabajo en la oficina. No le desagradaba pero tampoco le gustaba. Era simplemente algo que tenía que hacer. Eso sí, vestir traje era un suplicio. Pero ya se había hecho rutina.  

Buscando una solución a su desgano, Lepantito se comprometió a terminar la carrera. Viajaba a Madrid de vez en cuando para rendir las materias. Una tarde en la ciudad, Lepantito se cruzó con su antigua novia. Ambos se sorprendieron al verse. Nunca más se habían cruzado, ni sabido el uno del otro, desde que él se puso violento a raíz de la muerte de Conrado. Se acercó a saludarla. La abrazó. Ella le devolvió el saludo cordialmente. Se sentaron a tomar un café. Ambos habían estado muy enamorados. De hecho, para él, ella fue su primer amor. Le pidió disculpas por su brusquedad y le contó sobre su vida. Ella hizo lo mismo: estaba casada, tenía dos hijos y vivía en la ciudad. No trabajaba, así que se ocupaba del aseo de la casa y de los chicos. Su marido no estaba nunca en la casa. Fue un encuentro que impactó en los dos: Rememoraron viejas épocas, viejo ideales y anhelos; les ayudo a comprender su presente y rever las decisiones que tomaban. Aquella tarde sembró un precedente. Cada vez que Lepantito iba a la ciudad, la llamaba para verse. Al principio, solo eran charlas en un café, pero luego las diferentes necesidades de cada uno los llevó a comenzar una aventura amorosa.  Se llenaban de placer y agotaban el deseo en un hotel en el barrio de las musas. Eran encuentros cortos que saciaban el cuerpo con gran satisfacción. Pasaron todo un año viéndose a escondidas. Nadie nunca sospechó el más mínimo indicio. Una tarde de hotel, ella le confesó que lo extrañaba más de lo debido, a lo que él respondió: “Amor y deseo son dos cosas diferentes; que no todo lo que se ama se desea, ni todo lo que se desea se ama”. Esa fue la última vez que la vio. A la semana siguiente, rindió su tesis y se graduó.

Fueron todos a la ciudad a presenciar la ceremonia de entregas. Hasta María lo acompaño. Fue un momento grato y un objetivo cumplido. Ese último año, Lepantito había estado mejor, de buen humor y con ganas de seguir adelante. Todo parecía marchar bien, sin embargo, pocos meses después de recibirse, Lepantito volvió a sentirse desmotivado. 

Catalina: Estoy embarazada - Silencio - Miguel, te estoy hablando.

Lepantito abrió los ojos y asintió con la cabeza: Si. Te oí. – Sonrió – Felicitaciones …Cinco hijos… Wow.     

Catalina lo miró por un momento con incomprensión y suspiró: Estuve hablando con María, – él la miro serio – sí, ya sé que mucho no te gusta pero ella te conoce bastante, te guste o no. En fin, cree que necesitas un descanso. Dice que te haría bien un viaje…  – y agregó con una sonrisa y tono irónico - ¿y a quien no? ¡Yo tengo 5 hijos y uno en camino! Sí. Cinco. Vos sos uno más. ¡Ya no sé qué pensar! – dijo, enojada. Por un momento pensé que ya estaba todo bien, te sentía contento, terminaste la universidad…hasta me tratabas con dulzura y estábamos bien en la cama…ahora…- suspira – ahora volves a estar desganado, triste…yo…no sé…por eso lo mejor es que te vayas a algún lado… también nos vendría bien un descanso de... de nosotros. Una semana. Dos. Llévate a Isa, a Xoli y a Themba. Llévatelos a acampar. Eso te va a hacer bien. Por ahí te reconectas con tus raíces al aire libre. O podrías irte a África. Pensalo. Háblalo con la psicól…

Lepantito interrumpiendo: ¡Te podes callar mujer! No paras de hablar. No sé qué me pasa. Si lo supiera… ¿querés que me vaya? ¡me voy! - Diciendo esto se levanta y se va. Ofuscada, Catalina comienza a gritar y queda sola en la cocina.

Una semana después, Lepantito y sus tres hijos mayores suben al auto, con el equipaje necesario para irse a acampar, a unas pocas horas de allí. Hacía casi dos décadas que Lepantito no iba a pasar unas vacaciones en carpa. Ya se había olvidado de la sensación que esto le producía. Los chicos estaban emocionados, puesto que era su primera vez, lo cual contagió al padre.

El camping estaba medio vacío. Era raro, ya que solía ser un lugar transitado en esas épocas. Tenía mucho espacio para caminar, recorrer montes y cerritos, observar cascadas. Un arroyito. Un lugar exquisito y tranquilo para descansar. Los niños estaban entusiasmados, les resultaba toda una aventura. Día tras día, Lepantito fue aflojándose y sintiéndose cada vez más cómodo. La estaban pasando realmente bien. Por las noches, cuando los chicos dormían. Él se tomaba un tiempo para reflexionar. Podía pensar claramente: Se estaba dejando vivir, no estaba viviendo. Tenía un empleo en una oficina con un buen sueldo, casa propia, unos ahorros de la herencia de su padre, que guardaba solo para extrema emergencia y una hermosa familia. Había logrado recibirse de su gran pasión: los animales. Sin embargo algo seguía faltándole. Sentía una sensación extraña. Algo necesitaba hacer para motivarse. Para cambiar su estado de ánimo deprimido. Tal vez renunciar a su trabajo en la oficina y ejercer como veterinario profesional. Pero sentía que no podía cobrarle a sus vecinos. No se atrevía a mudarse de ese pueblo. Estaba a gusto con su gente, en su casa y cerca de Conrado. Lo extrañaba tanto. Por otro lado, No podía permitirse más estar así. Perdería a su familia…otra vez…perder otra familia. No. No se lo podía permitir.

Los días pasaban y Lepantito se iba olvidando de la rutina, de los ruidos del pueblo. Los sonidos de la naturaleza le hacían cosquillas en los oídos. Los chicos disfrutaban tanto como él. Se divertían haciendo vida campestre, descubriendo aves y otros bichos. Eran felices.

Una noche serena en que no se escuchaba el más mínimo ruido. Lepantito se levantó mientras todos dormían. Salió de la tienda y se puso a caminar. Caminaba cada vez más rápido y comenzó a trotar para luego echarse a correr. Corría con todas sus fuerzas, rápido, sentía el aire rozar sus mejillas, sentía como los pies se elevaban del piso y, por un instante, estar en el aire suspendido. Sujeto a nada. Mientras corría divisó el arroyo. Se dirigió a él. En el último tramo, dejo que sus cuerdas vocales vibraran con toda intensidad y se largó al agua. Quedo allí, abrazado por esa masa liquida. Rodeado de la noche. El tiempo parecía detenerse. El agua estaba fría y amainaba su cuerpo agitado. Allí estaba, feliz. Sumergido en el arroyo, con la mente en blanco. Un rato después, sacó la cabeza para tomar aire. Se encontró con una inmensidad de estrellas que lo observaban desde lo alto. Sonrió. Se quedó contemplando la quietud de la naturaleza. De pronto, tuvo un “deja vu” que le provoco escalofríos. Por un momento pensó que estaba en el estanque de su tribu cuando niño. Incluso, miro para sus alrededores para ver si allí estaba su familia. Constató la realidad. Quiso llorar, pero las lágrimas no se hacían presentes. Retornó a la carpa. Aquella noche algo cambio en Lepantito.

Días después, Isabel volvió de la proveeduría para decirle a su padre que había hablado por teléfono con la umama y que esta estaba enojada porque no se comunicaban seguido y porque ya habían pasado casi tres semanas. Al día siguiente volvieron al Pueblo. Cuando llegaron, Lepantito tomó a su mujer en brazos y la hizo girar. Estaba contento, motivado y con energías.

Desde la muerte de Conrado, Lepantito se había descarrilado en su vida. Se sentía perdido. Tenía un cuarto de siglo y se encontraba en la mitad de la carrea. Su vida, en ese entonces, estaba equilibrada. Pero con este suceso, que lo marcó excesivamente, se puso violento y fue perdiéndolo todo: dejó la universidad, se volvió al pueblo, echó bruscamente a María de la casa, perdió a su novia, despilfarraba dinero, desatendió su improvisada veterinaria y se quedó lamentándose solo con compañía del alcohol. Pasaron dos años para que María pudiera hablar con él. Tuvo que dejar por sentado que no reclamaría nada de la herencia de Conrado. En realidad, María no quería nada. Si bien le gustaba la casa, sabía perfectamente lo que significaba para Lepantito. Además, siempre le perteneció a él. No quería ni la casa ni el dinero, quería a Lepantito y le había prometido a Conrado cuidarlo.

De a poco y con mucha paciencia, fue orientándolo. Primero a que viera a un psicólogo, se tranquilizara y dejara el alcohol. Después, lo animó a que vuelva a la ciudad a continuar con sus estudios. Lepantito así lo hizo, cuatro años después del deceso de Conrado. Pero le costaba el doble. Ya no ponía tanto esmero. Le iba bien, pero la carrera se había vuelto una carga para él. En esos años conoció a Catalina, quien estudiaba letras. Lo sedujo con una frase de Cervantes: “La pluma es la lengua del alma”. Era una chica con temperamento. Eso le gustó, ya que lo impulsaba a seguir adelante. Un año después de enamorarse, Catalina estaba embarazada. El primer año con la beba se les hizo muy difícil, asique para el segundo año como padres, decidieron irse a vivir a la casa del pueblo. A ambos les faltaban algunas materias para recibirse. Ella rindió libre y se recibió un año más tarde. Luego empezó a dar clases en las escuelas del pueblo. Pero él no volvió a rendir. Aunque siguió estudiando por motus propia los temas de los programas que le interesaba. Con el paso del tiempo vinieron sus otros hijos. Lepantito había adquirido un buen trabajo en una oficina, que le permitía  mantener a su familia, así como también, su veterinaria. Fue feliz mucho tiempo con estos nuevos roles que estaba transitando. Pero a medida que todo se volvía rutina, iba añorando su pasado, el cual cada día, estaba más y más distante.

Era familiero. Con sus hijos hablaba y cantaba canciones de su tribu, en su idioma natal. Eran solo palabras sueltas, que a los chicos les encantaba aprender y para él significaba un acercamiento a su infancia. A veces, cuando llegaba a casa cansado, no soportaba tanto griterío, y deseaba estar solo. Pero también, sufría ataques de pánico por miedo a perderlos. 

No había un solo año en que Lepantito no fuera al cementerio para ver a su padre. En su cumpleaños y en su aniversario de muerte iba siempre. Le hablaba mucho.

Un par de meses posteriores al viaje en carpa, lo fue a visitar nuevamente. 

Lepantito: siento algo… algo en el pecho. Es…un deseo, una sensación que me invita a salir. Necesito ir a algún lado. Siento… a veces hasta dolor… es tan fuerte. Creo que debo volver. Tengo que ver, sentir… Han pasado tantos años. Ya no soy ese. Ya ni soy el que vos conociste. A veces pienso que la vida no tiene sentido. A veces, me miro al espejo y veo reflejado al niño. A ese niño… hijo. Allá en África. Lo veo completo. Como si fuera de verdad. Con sus ropas, sus costumbres. Deliro pensando que va a salir a corretear por ahí como solía hacerlo. Pero después lo veo con traje, serio. Y de a poco va creciendo y vuelve mi reflejo actual. Soy yo. Soy yo otra vez. Y… no sé…es una sensación extraña…

El otro día fui a acampar con los chicos. ¡Lo feliz que estaban! No habían ido nunca. Toda una experiencia. Yo me sentí un chico más. Disfrute. María tenía razón… ¿Hay algo que tengo que saber? Vos que estas allá…arriba… ¿Me estas guiando hacia algún lado? ¿Qué es esta sensación en mi cuerpo? Esta necesidad. Creo que es tiempo de volver. Siento algo… No solo a donde me encontraste, a mi tribu, donde nací, de donde eran mis padres, donde aquello pasó… creo que… debo ir… algo me llama. 

 

2015


Tercera parte: https://bastetdelsur.blogspot.com/2026/03/lepantito-iii.html

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