miércoles, 18 de marzo de 2026

Lepantito III


Lepantito I: https://bastetdelsur.blogspot.com/2016/09/lepantito.html

Lepantito 2da parte: https://bastetdelsur.blogspot.com/2026/03/lepantito-ii.html



 LEPANTITO III

 

“La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierran la tierra y el mar: por la libertad, se puede y debe aventurar la vida”

Miguel de Cervantes

 

 

Lepantito estaba nervioso. Recién terminaban de hacer su efecto, las patillas que lo habían hecho dormir un buen tramo del viaje. Se incorpora en el asiento y toma un sorbo de agua. Luego, pone su mano en el bolsillo y parece apretar con fuerza algo. Mira fijamente, en solemne quietud, el asiento delantero. Piensa en la ventana, pero no se atreve a girar su cuello. Continua apretando aquello que hay en su bolsillo, ese algo que había guardado tantos años, sin mostrarlo, sin usarlo, olvidado. Y es en este momento en que más parece necesitarlo y quererlo. Lo atesora. 

A pocos minutos de despertar, se anuncia la llegada y el descenso. Con rapidez ajusta su cinturón de seguridad. Comienza a sudar. Sus manos se sienten pegajosas, una gota lateral corre por su cara. Varios suspiros salen de su boca nerviosa. Más que aire, parece emanar bocanadas de fuego. El avión se inclina hacia abajo y el estómago le llega al corazón, el cual, inevitablemente, asciende hasta la garganta, llegando a tocar la úvula. Aquello parece desarrollarse en cámara lenta. Piensa en su vida, desde lo primero que recuerda hasta este último momento. Por fin, el avión aterriza, pero nada en su interior se acomoda aun. Esta conmocionado. Empieza a respirar con brusquedad y trata de domarse tomando bastante aire y expirando por la boca. Las señales lumínicas y una voz en el alto parlante lo invitan a dar los primeros pasos de esta travesía. Pretende desabrochar su cinturón de seguridad pero falla en los primeros dos intentos. En el tercero, logra liberarse y se pone de pie en un santiamén. Mientras espera que las puertas se abran, mira a  las personas a su alrededor. Pone la mano en el bolsillo, agarra el objeto que tiene y, apretado, lo saca dejando caer su brazo. Comienza a caminar. Al salir del avión y pisar suelo africano nuevamente, después de casi 35 años, siente como su alma se da vuelta en su interior, su mirada se nubla y su corazón se sacude enérgicamente. Pero él demuestra firmeza. Sale queriendo simular que nada pasa. Tiene la cabeza demasiado en alto, conteniendo sus lágrimas y cerrando su garganta. En el taxi que lo lleva al hotel, mira en todo momento el suelo. No quiere ver a nadie, no quiere ver nada. No se anima. Esta aterrado. Nervioso. Que tonto -  piensa - ya ha pasado tanto tiempo y tantas cosas en mi vida. Al llegar al hotel se desploma en la cama y permanece así un largo rato. Solloza, canturrea “Zenseni na?”, abraza la almohada. Con un brusco movimiento se levanta. Piensa en Conrado. Sale de la habitación, baja al bar y se pide un whisky. Se calma. Tiene en su bolsillo aquello que ya no suelta más. Que aprieta con fuerza en su mano. En el bar se confunde en miradas ajenas. Por breves segundos, mira a la gente a su lado tratando de no perderse en juegos de palabras sobre historias pérdidas o prohibidas. Antes de terminar su trago, se marcha, vuelve a la habitación y se comunica con su esposa. Esta lo anima desde la distancia. Le hace recordar sus puntos fuertes, su coraje y lo envalentona. Hablaron casi 4 horas. Su compañera de vida. Era tan feliz de estar a su lado. Se bancaron tanto las espaldas. Estaba decidido a continuar su sanación. Ya no queria estar más en esa constante depresión. Luego de hablar con su esposa, llamó a María. Hablaron más que todo lo que habían hablado en veinte años. Ella estaba emocionada, él parecía haber aflojado su dureza y la trataba dulcemente. Le hablaba desde el corazón. Se comprendieron y se amistaron. Se perdonaron. Eran familia, por Conrado. 

Al día siguiente, Lepantito se subió a un auto alquilado y se fue a la tribu donde lo encontró su padre adoptivo. Cada kilómetro avanzado, el corazón se aceleraba, le sudaba el cuerpo, le costaba respirar normal. Al llegar al lugar, sus ojos brillaban. Se volvieron más redondos, se iluminaron, se humedecieron. Miraba desde el auto. Sus ojos centellaban todos sus recuerdos. Tenía sentimientos  encontrados. Apagó el motor, y se quedó quieto unos minutos, en silencio. Acto seguido, abre la puerta, y saca la pierna afuera para bajarse. Se siente como Neil Armstrong alunizando. Acerca, cuidadosamente, el pie al suelo, como si algún movimiento en falso hiciera estallar todo. Mira atento el recorrido que hace el pie. Todo transcurre lentamente. Cuando apoya el zapato, juró ver cómo se desplazaban las partículas de tierra hacia los lados. Cerró la puerta y se encontró totalmente allí, completo, él y la tribu. Se sacó el calzado, estiró los dedos de los pies. Se sintió en su hogar. Se adentró en la comunidad. Sentía una opresión cada vez mayor en el pecho, a cada paso que daba. Lo recibieron dos hombres que lo saludaron en inglés. Él sonrió y les hablo en Zulú. Estos se sorprendieron al escucharlo.  Allí, una mujer, apenas lo vio, salió a su encuentro. Lo miraba atenta, extrañada, preguntándose si era aquel niño que alguna vez anduvo por allí. Le sonrió y él le devolvió la sonrisa. Entonces la anciana sonrió aún más y se acercó para abrazarlo. Lepantito no la recordaba. Ella era la hermana mayor de uno de los niños con quien jugaba, de chico, en la tribu. Cuando ella lo llevó hasta él, Lepantito lo reconoció y no pudo contener más su emoción. Se abalanzó abrazándolo con fuerza. Saltaba de felicidad, reía a grandes carcajadas. Se sentía pleno, igual, uno más. La gente se iba acercando, conocidos o no, a saludar a este visitante. A Lepantito se le erizaba el cuerpo cada vez que reconocía a alguien. Y las imágenes de su pasado no paraban de presentárseles en la cabeza. No dejaba de sonreír un momento. Tanta satisfacción corría por su cuerpo. Estaba en éxtasis total y contagiaba al resto. 

Le hicieron una gran comida de bienvenida. Le prepararon sus típicos platos amazi, paap y uleis. Bebió utshwals, bebida que hacía años no tomaba. Se sentía maravillado. Danzaron diferentes bailes. Le ofrecieron una ceremonia  de curación espiritual. Recorrió todo el lugar. Lo reconocía a pesar de que la tribu estaba distinta. Usaban ropas de algodón, sus casas eran de ladrillos, aunque  mantenían sus típicos techos circulares de pasto y costumbres. Le prepararon cerveza africana en vasijas de cobre. Las gallinas lo hacían reír, le recordaban la cara de espanto de María. Lo hacían sentir en casa. Estaba fascinado. Estaba viviendo un sueño hecho realidad. Algo que tanto tiempo evitó. Su cabeza no paraba. Pensaba en todos y en todo. Y apretaba con fuerza su amuleto.

Allí pasó una semana, acostumbrándose nuevamente a sus raíces. Y tomándose un tiempo para respirar, para retomar fuerzas y seguir su camino. Su tribu Zulú. Allá, más allá, donde había perdido a su familia. Era allí el verdadero reto. Lepantito estaba bien. Ya no tenía miedo. Pero estaba nervioso y ansioso por volver sus lares. Si bien venía trabajando en recuperar la paz interior que necesitaba para seguir su vida, esa semana aprendió a liberar el rencor. A sentir paz verdaderamente. A perdonar y sanar. Pensó mucho en su historia. Nunca había entendido el odio de los demás. ¿Cómo podían dejarse dominar por el poder y querer arremeter a toda costa, con todo a su paso? Incluyendo vidas. La vida de su familia. Destruir sin importar qué. Conducidos por la ira y ferocidad, eran capaces de cualquier cosa y actuaban instintivamente, olvidándose de la razón. Ese don que el ser humano posee. 

Lepantito se sentía fuerte, renovado. Tenía consigo el amuleto de su padre. Aquel que recogió del suelo, cuando tuvo que salir corriendo, agazapado, para esquivar la muerte, mientras dejaba a su padre tirado en el suelo, con los ojos puestos en él, vidriosos, perdiendo vitalidad, embadurnado en su propia sangre. Lepantito corría a la deriva. “Mátate tu antiguo miedo: la venganza evoca a la venganza; la sangre, a la sangre también; los dioses consuelan a los hombres en sus males…” Recordaba que había leído de las escrituras griegas. Pensaba en su dios, pensaba en sus ancestros, en su familia. Los había pensado durante los rituales. Les pedía perdón por olvidar, por escapar. Era tiempo de volver a su lugar. Se despidió de aquella tribu que lo acogió las dos veces que llego aterrado. Prometió volver. Y por el lugar que había llegado la primera vez, siguió su camino. Pero a la inversa. Solo, nuevamente, pero acompañado. Sentía a su lado la presencia de sus seres queridos. Recorrió serenamente aquellos lugares por donde antes huía aturdido. Cada vez que se acercaba más a su tribu, menos temor sentía. Y sonreía. Era un proceso como el camino que recorría, a la inversa. Cada vez más confiado y firme. Sentía la energía que los suyos le entregaban. Toda su familia caminando con él: Conrado y su padre a sus lados, sus hermanos caminaban de la mano, al lado de su padre, delante de su madre. También sentía la presencia de sus hijos, su esposa y de María. Estaban cerca de Conrado. Allí estaban sus perros, y sus mascotas. Todos caminaban a la par. La paz que se respiraba en el lugar era inmensa. La mirada de Lepantito se fundía en el horizonte. Aquel en el que de a poco empezaron a asomarse las primeras casas. Caminaba sereno, concentrado. A paso firme, seguro. Cerca de la tribu, comenzó a aminorar la marcha hasta detenerse. Se quedó allí unos instantes, pensando. Giro su cabeza hacia la izquierda y camino para aquella dirección, más o menos 15 pasos. Se detuvo. Miro al suelo. Recordaba. Una leve briza paso por su cuerpo estremeciéndolo. Se agacho y toco el suelo. Agarro un puñado de tierra y se levantó. De repente, su boca se tensó y sus orificios nasales se agrandaban a cada respiro. Sus ojos se abrieron como dos grandes monedas. En un segundo, se contuvo. Cerró los ojos y dejó que el fervor, la dolencia y el odio salieran evaporados de su cuerpo, a los rayos del cálido sol. “la venganza evoca a la venganza” – repetía. Abrió los ojos y dejó que el puñado de tierra se escabullera por sus dedos. Luego volvió a tomar su curso. Allí había visto por última vez a su padre. 

Cuando llegó a la comunidad, Lepantito estaba en una  especie de estado Alfa. En toda su caminata se había concentrado en derrumbar viejas piedras que tapaban su camino. Pensó y trabajó en ello. En soltar, en volar, en vaciar y completar.  Todo estaba distinto. Sonrió. - Esta es mi tribu - dijo, pensando en Conrado. Varios hombres se acercaron para recibirlo. Se saludaron. Lepantito dijo que había vivido allí de niño hasta que la codicia había alcanzado a su tribu, hacía más de 30 años atrás. Tal como sucedió con el otro clan, lo recibieron alegremente. Lepantito estaba tranquilo, sumergido en sus reflexiones. Era increíble lo distinto pero tan conocido que era aquel lugar. A cada dirección que miraba, tenía un recuerdo. Veía a su familia, en sus pensamientos alegres. Sin embargo, aquellos recuerdos se disparaban a aquel suceso de humo y soledad. Rápidamente esfumaba esas memorias de su mente y observaba esta renovada comunidad. Se sentía orgulloso. Su tribu se había reconstruido y había subsistido. No podía haber cosa mejor que aquella. El estar en pie. En ver que sus raíces seguían expandiéndose y volviendo a resurgir, pese al intento de exterminación. Ellos afloraban. Comprendió mucho aquellos días. Se perdonó por haber dejado ese lugar olvidado y tardar tanto en regresar. Estaba feliz y sentía la libertad de su pueblo, de su alma. 

Dos personas quedaban de su época. Una mujer y un hombre. Primero lo llevaron con ella. Apenas esta lo vio, lo reconoció. Se observaron, sumiéndose en una mirada de comprensión, complicidad. Se entendieron. Compartieron el sentimiento. Unos pocos minutos después, ella tomo en sus manos la cara de Lepantito y pronuncio apaciblemente su nombre.  Sonrieron. Lepantito se sentía cada vez más a gusto. Al cabo de un rato llego Bongani, el otro sobreviviente. Los tres hablaron largo y tendido sobre aquel siniestro ocurrido a los Zulú. Compartieron la tristeza y la emoción que aquello les significaba. Y se enorgullecieron de haber logrado continuar con sus creencias y costumbres. Además, la mujer y el hombre reían al ver a Lepantito. Rememoraban aquel niño travieso que era imposible de olvidar. Tenían muchas historias de ese pícaro muchacho de un solo brazo. Siempre mandándose macanas. En una gran ceremonia de bienvenida, contaron a todos los de la tribu cómo era este hombre de niño. 

Al otro día, bien temprano, Lepantito se dirigió al lugar donde había estado posicionada su casa. Allí había ahora un gallinero. Sonrío. Veía a su madre sentada, llena de júbilo, que lo miraba con orgullo. Veía a sus hermanos jugar cerca y se vio a él mismo.  - Esta era mi casa - dijo, pensando en Conrado. - Esta es mi familia. Recordó cuando precipitadamente entraron a su casa y le arrebataron la vida a sus hermanos y a su madre, aquella tarde donde la calma se vio sorprendida por la calamidad. - Senzeni na? Senzeni na? - Repetía. Súbitamente, el recuerdo lo impregnó de imágenes vivas y se encontró en medio de aquella situación, años atrás. Podía sentir cómo el miedo lo invadía por completo de un momento para el otro, cuando jugaba dentro de la casa. Escuchó el estruendoso irrumpir de los bárbaros mientras que sentía el fulguroso calor del fuego quemando su choza. Volvió a revivir aquella sensación de incomprensión y miedo cuando su madre lo levantaba del suelo y lo tiraba afuera, escuchándola gritar desesperadamente y callar en el acto. Una vez más, vio a su padre tomarlo de su brazo con extrema brusquedad y llevárselo corriendo lo más lejos posible, de ese lugar en llamas. Sintió cómo se desplomaron ambos al suelo, y como la intuición lo guió a correr para escapar de allí. Lepantito recordaba tristemente. Sin embargo, dejaba ver en su expresión total tranquilidad. –Ya paso- dijo para sus adentros  –Ya pasó. Estaba en paz. Lepantito tenía tres visiones distintas en su mente: los recuerdos de su infancia, aquel momento en llamas y la actual aldea. Tres visiones de su tierra Zulú. Vislumbraba pasado y presente; y proyectaba el futuro. Sonreía. Sabia que a pesar de todo, allí estaba su esencia, renaciendo. Construyendo un porvenir más sólido y fiel a sus costumbres.  

Con el correr de los días, Lepantito fue liberándose completamente de sus preocupaciones. Sus facciones cambiaron, parecía un hombre más joven. Estaba contento y sereno. Perdonó. Agradeció. Llamaba de vez en cuando a su mujer para comentarle, a grandes rasgos, cómo estaba. Estaba entusiasmado. Quería traer a su familia a esta tierra. Quería casarse con su esposa en su tribu, bajo sus costumbres. Quería contarles todo y hacerlos participes de sus raíces. Al momento de volver a su casa con su familia, un mes después, se le hizo difícil. Se iba contento, sabiendo que volvería. Tenía muchos planes para la comunidad. Era servicial, quería ayudar en todo. Pero debía marcharse. Había construido una vida lejos de allí y sus seres queridos lo estaban esperando. Además, su mujer ya estaba por dar a luz.

Cuando llego, todos se sorprendieron de lo cambiado que estaba. Física y anímicamente. Tenía una expresión de frescura. Se reunieron todos en su patio. Lepantito estaba feliz de volver a ver a su familia y sus mascotas. No se había dado cuenta de cuanto los había extrañado. Les contó todo lo que había vivido allí. Por supuesto paso por el cementerio a visitar a Conrado. 

A través de los años volvía a su tribu, a visitar y se quedaba un buen tiempo. Se casó con su mujer allí. A veces iba con alguno de sus hijos. A veces solo. Pero dos veces por año volvia. Y estab en continua comunicación porque ayudaba en lo que podía y mandaba toda clase de cosas. En su pueblo, había puesto una gran veterinaria que manejaba con sus dos hijos mayores. Se convirtió en un gran activista, luchaba por los derechos de la tribu Zulú y de los animales. Participaba de charlas en las escuelas, enseñando el verdadero sentido de UBUNTU.

Una noche, en su 86avo verano, Lepantito dormitaba plácidamente sobre su cama. Recostado, podía escuchar el bochinche de los nietos y bisnietos, más los perros y las gallinas, en el patio. Sus hijos andaban atrás reprochando. El sol entraba por las rendijas de la ventana proporcionando una agradable sensación a calor. Entreabrió los ojos y vio a su mujer acercársele y tomarlo de la mano. Esta le sonreía gratamente. Estaba hermosa. Irradiaba paz. Lo miraba recostado, mientras que él cerraba los ojos para sentir el calido halo de energía que los envolvía. Se levanto. Se sentía fuerte. Miro por la ventana el gran clan familiar que había creado. Dio rienda suelta a varias generaciones que se paseaban por su patio. Con sangre Zulú, bajo el apellido de su querido Conrado. Miro a su esposa, ella estaba a su lado, aun sujetándolo de la mano. Caminaron hacia el patio. Allí estaban todos, su familia, sus amigos, sus perros. Sus mascotas. Tomo de su bolsillo el amuleto de su padre. Y contemplo aquel patio lleno de alegría: María, Conrado, su padre, su madre, sus hermanos, Tau, Sancho, Rodaja y Galatea. Sonrió, estaba en casa.

 fin.-

2015

 

Lepantito II

 

(Si no leíste la primera parte, acá esta:

https://bastetdelsur.blogspot.com/2016/09/lepantito.html )



Lepantito II



De repente, entre el cruce de Miguel Ángel y José Abascal, sobre uno de los cuatro semáforos del pueblo, se escucha un bocinazo largo y sórdido. Acto seguido, otros cláxones silban. Frenadas, gritos, insultos, peleas. Era un día de verano. El calor pegaba en el asfalto y trepaba por las paredes de las casas. Pleno centro de aquel pueblo que se convertía en ciudad. La gente se agolpaba en la esquina para ver la discusión. Por esa vereda, un hombre acelera el paso. Distante, ajeno a lo sucedido, atraviesa con rapidez la zona. Varias cuadras adelante, aminora la marcha. Ya se ha alejado del centro, del estrepitoso fragor. Acalorado desajusta su corbata, camina tarareando su canción:

Senzeni na?

Sono sethu, ubumnyama?

Sono sethu yinyaniso?

Sibulawayo

Mayibuye i Africa

 

Sigue su camino lentamente, sin apuro. Veinte cuadras son las que lo separan de su hogar. Llega a las calles de tierra y su seño se afloja. Se saca el saco y la camisa para ponerse una camiseta que llevaba en la mano. Piensa. Su pueblo ya no es el mismo. Ha crecido notablemente a través de los años. Añora aquel que encontró 32 años atrás, cuando se asentó en él con su padre.

Desde la esquina de su casa, ya se escucha el bochinche que hacen sus hijos. Resopla. Lo primero que hace al llegar, es sacarse los zapatos y las medias. Estira los dedos de los pies. Es recibido por dos niñitos juguetones que pegan con fuerza cucharas sobre ollas, y acompañan el ruido con aullidos que suponen una canción. Se dirige a la habitación. Allí deja la ropa, se saca el pantalón y se pone una bermuda. Desde la cocina la voz agitada de su señora lo solicita. Antes de ir, hace una parada en la habitación de la bebe. Está dormitando. En la puerta de la cocina se topa con su hija mayor, Isabel, quien enojada, por algún motivo, lo lleva por delante y, haciendo berrinche, se va al patio. Besa a su mujer como si fuera parte de una rutina. La nena estaba haciendo desastres con la manteca y haría. Había dejado todo sucio y la madre enojada la mandó  afuera. Él agarró un trapo y se puso a limpiar. Silencioso, escuchaba irremediablemente las canciones de sus hijos, los reproches de la nena, la beba que comenzó a llorar y a su esposa que regañaba. Resopla nuevamente. Termina de limpiar, busca a Mbali, su beba, y sale al patio. Allí sonríe. Están sus perros Sancho, Rodaja y Galatea.  

Calma a la bebe y saluda a los perros. En la otra punta esta Isabel chinchuda. La llama. Ella no va. Se sienta en una sillita y le canta a Mbali. Luego de un rato se va a la veterinaria que tiene al fondo. Isabel va detrás de él. Entra el lugar y abre las ventanas para ventilar. Isabel, inquieta, toca las cosas. 

Lepantito: Isabel. Te dije que acá no se juega. Acá papá cura a los animalitos. Por favor no toques - Dijo sin efusividad.

Isabel lo mira con recelo y le hace caso.

Isabel: papa, ¿cuándo vas a terminar de estudiar? Mama dice que te falta poco. ¿No querés recibirte?

Lepantito: Yebo, Yebo (si, si) Pero…es difícil, tendría que ir a la ciudad y dejarlos a ustedes. No tengo tiempo. Tengo que trabajar. Viste que en esta sociedad es el hombre quien se hace cargo de la economía del hogar. De donde yo vengo era al revés, la mujer se atendía esos asuntos. -  Lepantito le hablaba a su hija de diez años como si fuera mayor, tal como Conrado había echo con él.

Isabel: Mama dice que podrías hacerlo, que tenes la opción de rendir libre pero que no queres.

Lepantito. Claro que quiero, nena. Pero no se ha dado el tiempo aun.

Aparecen Xoloni y Themba corriendo y gritando.

Lepantito exasperado: ¡no, no! Afuera chicos. Vamos, afuera que acá no se juega.

Salieron todos al patio. Los niños seguían dando vueltas.

Lepantito: ¿qué es lo que pasa? 

Themba sollozando: ¡Xoloni se está comiendo todas las galletitas! 

Xoloni, eufórico: ¡Cha! (¡No!) ¡Mentira! ¡Él se las estaba comiendo solo a escondidas!

Lepantito: bueno, a ver. ¿Qué? ¿no les conté el cuento del juego que propuso el antropólogo?

Isabel: uuuffff, ¡Yebo! ¡Un montón de veces!

Themba: Cha. ¡Lo quiero escuchar!

Lepantito: Vengan, siéntense acá,  y escuchen – dijo sin muchas ganas -  Resulta que un día, un antropólogo le propuso un juego a un grupo de niños en una tribu africana. Puso una canasta llena de frutas cerca de un árbol y les dijo que el que llegara primero, ganaría todas las frutas. Cuando dio la señal de que corrieran, todos los niños se tomaron de las manos y corrieron juntos, después se sentaron a disfrutar del premio. Entonces el hombre les preguntó por qué habían ido así, si uno solo se podía haber ganado el premio y podía haber tenido todas las frutas, a lo que los niños le respondieron: “UBUNTU”.

Hizo una pausa y miro a los niños. Estos se miraban entre ellos risueños.

Xolani, sonriente y desconcertado: Y… ¿qué era Ubuntu? ¿Qué quiere decir?

Los niños estaban ansiosos por escuchar la explicación.

Lepantito: Ubuntu significa “yo soy porque nosotros somos”. Los niños le explicaron al antropólogo que uno no podría estar feliz si el resto estaba triste. ¿Entendieron? “Mientras se gana algo, no se pierde nada” Eso quiere decir que tienen que aprender a compartir.

Los niños asintieron y salieron a jugar. Lepantito volvió a la casa, dejó a la bebe en la sillita y se sentó a la mesa con su mujer.

Catalina: ¿cómo estuvo tu día?

Lepantito la miro. Bien. 

Catalina bufando: ¿qué te pasa?

Lepantito: nada. ¿Que dije? Me fue bien, no sé, normal.

Catalina suspirando: Creo que tendrías que ir al psicólogo de nuevo. Si a mí no me queres contar, entonces contale a alguien más. ¡Yo ya no sé qué hacer! Así no se puede más. Algo te pasa. – poniéndose nerviosa y enojándose - Algo evidentemente te pasa. Llegas a casa y… estas así, sin ganas. No te importa nada. ¿Cuánto hace que no los retas a los chicos? y se la pasan peleando. Los sentas ahí… a contarles cuentitos, te miran… y ¡se van a pelear otra vez! Mira, ahí los tenes – aparece Themba llorando y atrás Xolani  con cara de “yo no fui” -  Conmigo no hablas, no usas tu brazo ortopédico, al trabajo vas y volves caminando cuando tenes auto. O bicicleta. ¿No queres estar más acá?

Lepantito: tranquilízate. Por supuesto que quiero estar acá con ustedes. Son todo para mí. No pasa nada. No sé qué me estas reclamando. Está todo igual.

Así comenzaron a discutir. Él sin ganas. Ella frenética. 

Lepantito estaba en sus cuarenta y tantos años. Era una época nostálgica para él, hacia algunos días había sido el cumpleaños de Conrado, y como era su costumbre, iba al cementerio y se ponía melancólico. Amaba su vida: sus niños, su mujer, sus mascotas. Pero se sentía incompleto. Capaz era el hecho de que le faltaba solo unas cuantas materias para recibirse de veterinario. Igualmente, atendía a los vecinos que buscaban ayuda con sus animales. Y por cierto, era muy buen veterinario y buen vecino. En el pueblo era querido y respetado por todos. Siempre fue  muy bondadoso y servicial. Pero algo sentía que le faltaba. Quizá era su trabajo en la oficina. No le desagradaba pero tampoco le gustaba. Era simplemente algo que tenía que hacer. Eso sí, vestir traje era un suplicio. Pero ya se había hecho rutina.  

Buscando una solución a su desgano, Lepantito se comprometió a terminar la carrera. Viajaba a Madrid de vez en cuando para rendir las materias. Una tarde en la ciudad, Lepantito se cruzó con su antigua novia. Ambos se sorprendieron al verse. Nunca más se habían cruzado, ni sabido el uno del otro, desde que él se puso violento a raíz de la muerte de Conrado. Se acercó a saludarla. La abrazó. Ella le devolvió el saludo cordialmente. Se sentaron a tomar un café. Ambos habían estado muy enamorados. De hecho, para él, ella fue su primer amor. Le pidió disculpas por su brusquedad y le contó sobre su vida. Ella hizo lo mismo: estaba casada, tenía dos hijos y vivía en la ciudad. No trabajaba, así que se ocupaba del aseo de la casa y de los chicos. Su marido no estaba nunca en la casa. Fue un encuentro que impactó en los dos: Rememoraron viejas épocas, viejo ideales y anhelos; les ayudo a comprender su presente y rever las decisiones que tomaban. Aquella tarde sembró un precedente. Cada vez que Lepantito iba a la ciudad, la llamaba para verse. Al principio, solo eran charlas en un café, pero luego las diferentes necesidades de cada uno los llevó a comenzar una aventura amorosa.  Se llenaban de placer y agotaban el deseo en un hotel en el barrio de las musas. Eran encuentros cortos que saciaban el cuerpo con gran satisfacción. Pasaron todo un año viéndose a escondidas. Nadie nunca sospechó el más mínimo indicio. Una tarde de hotel, ella le confesó que lo extrañaba más de lo debido, a lo que él respondió: “Amor y deseo son dos cosas diferentes; que no todo lo que se ama se desea, ni todo lo que se desea se ama”. Esa fue la última vez que la vio. A la semana siguiente, rindió su tesis y se graduó.

Fueron todos a la ciudad a presenciar la ceremonia de entregas. Hasta María lo acompaño. Fue un momento grato y un objetivo cumplido. Ese último año, Lepantito había estado mejor, de buen humor y con ganas de seguir adelante. Todo parecía marchar bien, sin embargo, pocos meses después de recibirse, Lepantito volvió a sentirse desmotivado. 

Catalina: Estoy embarazada - Silencio - Miguel, te estoy hablando.

Lepantito abrió los ojos y asintió con la cabeza: Si. Te oí. – Sonrió – Felicitaciones …Cinco hijos… Wow.     

Catalina lo miró por un momento con incomprensión y suspiró: Estuve hablando con María, – él la miro serio – sí, ya sé que mucho no te gusta pero ella te conoce bastante, te guste o no. En fin, cree que necesitas un descanso. Dice que te haría bien un viaje…  – y agregó con una sonrisa y tono irónico - ¿y a quien no? ¡Yo tengo 5 hijos y uno en camino! Sí. Cinco. Vos sos uno más. ¡Ya no sé qué pensar! – dijo, enojada. Por un momento pensé que ya estaba todo bien, te sentía contento, terminaste la universidad…hasta me tratabas con dulzura y estábamos bien en la cama…ahora…- suspira – ahora volves a estar desganado, triste…yo…no sé…por eso lo mejor es que te vayas a algún lado… también nos vendría bien un descanso de... de nosotros. Una semana. Dos. Llévate a Isa, a Xoli y a Themba. Llévatelos a acampar. Eso te va a hacer bien. Por ahí te reconectas con tus raíces al aire libre. O podrías irte a África. Pensalo. Háblalo con la psicól…

Lepantito interrumpiendo: ¡Te podes callar mujer! No paras de hablar. No sé qué me pasa. Si lo supiera… ¿querés que me vaya? ¡me voy! - Diciendo esto se levanta y se va. Ofuscada, Catalina comienza a gritar y queda sola en la cocina.

Una semana después, Lepantito y sus tres hijos mayores suben al auto, con el equipaje necesario para irse a acampar, a unas pocas horas de allí. Hacía casi dos décadas que Lepantito no iba a pasar unas vacaciones en carpa. Ya se había olvidado de la sensación que esto le producía. Los chicos estaban emocionados, puesto que era su primera vez, lo cual contagió al padre.

El camping estaba medio vacío. Era raro, ya que solía ser un lugar transitado en esas épocas. Tenía mucho espacio para caminar, recorrer montes y cerritos, observar cascadas. Un arroyito. Un lugar exquisito y tranquilo para descansar. Los niños estaban entusiasmados, les resultaba toda una aventura. Día tras día, Lepantito fue aflojándose y sintiéndose cada vez más cómodo. La estaban pasando realmente bien. Por las noches, cuando los chicos dormían. Él se tomaba un tiempo para reflexionar. Podía pensar claramente: Se estaba dejando vivir, no estaba viviendo. Tenía un empleo en una oficina con un buen sueldo, casa propia, unos ahorros de la herencia de su padre, que guardaba solo para extrema emergencia y una hermosa familia. Había logrado recibirse de su gran pasión: los animales. Sin embargo algo seguía faltándole. Sentía una sensación extraña. Algo necesitaba hacer para motivarse. Para cambiar su estado de ánimo deprimido. Tal vez renunciar a su trabajo en la oficina y ejercer como veterinario profesional. Pero sentía que no podía cobrarle a sus vecinos. No se atrevía a mudarse de ese pueblo. Estaba a gusto con su gente, en su casa y cerca de Conrado. Lo extrañaba tanto. Por otro lado, No podía permitirse más estar así. Perdería a su familia…otra vez…perder otra familia. No. No se lo podía permitir.

Los días pasaban y Lepantito se iba olvidando de la rutina, de los ruidos del pueblo. Los sonidos de la naturaleza le hacían cosquillas en los oídos. Los chicos disfrutaban tanto como él. Se divertían haciendo vida campestre, descubriendo aves y otros bichos. Eran felices.

Una noche serena en que no se escuchaba el más mínimo ruido. Lepantito se levantó mientras todos dormían. Salió de la tienda y se puso a caminar. Caminaba cada vez más rápido y comenzó a trotar para luego echarse a correr. Corría con todas sus fuerzas, rápido, sentía el aire rozar sus mejillas, sentía como los pies se elevaban del piso y, por un instante, estar en el aire suspendido. Sujeto a nada. Mientras corría divisó el arroyo. Se dirigió a él. En el último tramo, dejo que sus cuerdas vocales vibraran con toda intensidad y se largó al agua. Quedo allí, abrazado por esa masa liquida. Rodeado de la noche. El tiempo parecía detenerse. El agua estaba fría y amainaba su cuerpo agitado. Allí estaba, feliz. Sumergido en el arroyo, con la mente en blanco. Un rato después, sacó la cabeza para tomar aire. Se encontró con una inmensidad de estrellas que lo observaban desde lo alto. Sonrió. Se quedó contemplando la quietud de la naturaleza. De pronto, tuvo un “deja vu” que le provoco escalofríos. Por un momento pensó que estaba en el estanque de su tribu cuando niño. Incluso, miro para sus alrededores para ver si allí estaba su familia. Constató la realidad. Quiso llorar, pero las lágrimas no se hacían presentes. Retornó a la carpa. Aquella noche algo cambio en Lepantito.

Días después, Isabel volvió de la proveeduría para decirle a su padre que había hablado por teléfono con la umama y que esta estaba enojada porque no se comunicaban seguido y porque ya habían pasado casi tres semanas. Al día siguiente volvieron al Pueblo. Cuando llegaron, Lepantito tomó a su mujer en brazos y la hizo girar. Estaba contento, motivado y con energías.

Desde la muerte de Conrado, Lepantito se había descarrilado en su vida. Se sentía perdido. Tenía un cuarto de siglo y se encontraba en la mitad de la carrea. Su vida, en ese entonces, estaba equilibrada. Pero con este suceso, que lo marcó excesivamente, se puso violento y fue perdiéndolo todo: dejó la universidad, se volvió al pueblo, echó bruscamente a María de la casa, perdió a su novia, despilfarraba dinero, desatendió su improvisada veterinaria y se quedó lamentándose solo con compañía del alcohol. Pasaron dos años para que María pudiera hablar con él. Tuvo que dejar por sentado que no reclamaría nada de la herencia de Conrado. En realidad, María no quería nada. Si bien le gustaba la casa, sabía perfectamente lo que significaba para Lepantito. Además, siempre le perteneció a él. No quería ni la casa ni el dinero, quería a Lepantito y le había prometido a Conrado cuidarlo.

De a poco y con mucha paciencia, fue orientándolo. Primero a que viera a un psicólogo, se tranquilizara y dejara el alcohol. Después, lo animó a que vuelva a la ciudad a continuar con sus estudios. Lepantito así lo hizo, cuatro años después del deceso de Conrado. Pero le costaba el doble. Ya no ponía tanto esmero. Le iba bien, pero la carrera se había vuelto una carga para él. En esos años conoció a Catalina, quien estudiaba letras. Lo sedujo con una frase de Cervantes: “La pluma es la lengua del alma”. Era una chica con temperamento. Eso le gustó, ya que lo impulsaba a seguir adelante. Un año después de enamorarse, Catalina estaba embarazada. El primer año con la beba se les hizo muy difícil, asique para el segundo año como padres, decidieron irse a vivir a la casa del pueblo. A ambos les faltaban algunas materias para recibirse. Ella rindió libre y se recibió un año más tarde. Luego empezó a dar clases en las escuelas del pueblo. Pero él no volvió a rendir. Aunque siguió estudiando por motus propia los temas de los programas que le interesaba. Con el paso del tiempo vinieron sus otros hijos. Lepantito había adquirido un buen trabajo en una oficina, que le permitía  mantener a su familia, así como también, su veterinaria. Fue feliz mucho tiempo con estos nuevos roles que estaba transitando. Pero a medida que todo se volvía rutina, iba añorando su pasado, el cual cada día, estaba más y más distante.

Era familiero. Con sus hijos hablaba y cantaba canciones de su tribu, en su idioma natal. Eran solo palabras sueltas, que a los chicos les encantaba aprender y para él significaba un acercamiento a su infancia. A veces, cuando llegaba a casa cansado, no soportaba tanto griterío, y deseaba estar solo. Pero también, sufría ataques de pánico por miedo a perderlos. 

No había un solo año en que Lepantito no fuera al cementerio para ver a su padre. En su cumpleaños y en su aniversario de muerte iba siempre. Le hablaba mucho.

Un par de meses posteriores al viaje en carpa, lo fue a visitar nuevamente. 

Lepantito: siento algo… algo en el pecho. Es…un deseo, una sensación que me invita a salir. Necesito ir a algún lado. Siento… a veces hasta dolor… es tan fuerte. Creo que debo volver. Tengo que ver, sentir… Han pasado tantos años. Ya no soy ese. Ya ni soy el que vos conociste. A veces pienso que la vida no tiene sentido. A veces, me miro al espejo y veo reflejado al niño. A ese niño… hijo. Allá en África. Lo veo completo. Como si fuera de verdad. Con sus ropas, sus costumbres. Deliro pensando que va a salir a corretear por ahí como solía hacerlo. Pero después lo veo con traje, serio. Y de a poco va creciendo y vuelve mi reflejo actual. Soy yo. Soy yo otra vez. Y… no sé…es una sensación extraña…

El otro día fui a acampar con los chicos. ¡Lo feliz que estaban! No habían ido nunca. Toda una experiencia. Yo me sentí un chico más. Disfrute. María tenía razón… ¿Hay algo que tengo que saber? Vos que estas allá…arriba… ¿Me estas guiando hacia algún lado? ¿Qué es esta sensación en mi cuerpo? Esta necesidad. Creo que es tiempo de volver. Siento algo… No solo a donde me encontraste, a mi tribu, donde nací, de donde eran mis padres, donde aquello pasó… creo que… debo ir… algo me llama. 

 

2015


Tercera parte: https://bastetdelsur.blogspot.com/2026/03/lepantito-iii.html

jueves, 24 de febrero de 2022

Recopilación de mis cuentos mas relevantes

 ¡Hola mis queridos lectores!


Uno va creando en el camino, marcando la vida. Vengo a hacer una recopilación de mis escritos que más me gustan. Aquellos que andan desperdigados por los años en el blog. Así que acá te los traigo y comparto para que salten a la luz nuevamente. 


Salud a tudos! :)



  1. Niñita en “un dia en el campo”

Este cuento ha obtenido un 3er premio en un concurso internacional. Me gusta porque tiene mucho simbolismo.  


https://bastetdelsur.blogspot.com/2013/07/normal-0-21-false-false-false_23.html



  1. Segundo Inconcluso

Este lo siento intenso. Fue una descarga de emociones y energía acumulada luego de un episodio en el que me preparé mucho para afrontar y que, luego descubrí que no era para tanto. Fue tan fácil que me sentí descolocada, es decir, hice de una miga de pan un super sandwich. Después, claro, toda esa energía tenía que emanar, entonces me puse a escribir.


https://bastetdelsur.blogspot.com/2013/07/segundo-inconcluso.html



  1. El alma verdadera

Lo escribí pensando en mí. Me hablo a mi misma. De querer conocerme y darme a conocer.


https://bastetdelsur.blogspot.com/2014/02/el-alma-verdadera.html



4. Ella

Esto me pasó de verdad. Estábamos en la cocina, lo recuerdo bien, era un momento crítico y ella me hablaba de su dolor. Luego decidimos salir a comprar unas tortitas y el sol nos envolvió cálidamente para hacernos sonreir. Y recuerdo que ella dijo algo al respecto, algo así como: la vida continua.  


https://bastetdelsur.blogspot.com/2016/06/ella.html



5. El cuerpo sutil

Se dice que el cuerpo sutil es el alma, la esencia de una persona.


https://bastetdelsur.blogspot.com/2014/03/el-cuerpo-ssutil.html



  1. Él y el mar.

Recargarse de energías de las aguas saladas. Creo que todo y todos somos energías, en que atraemos aquello que queremos o necesitamos, en el poder de la luna, en las manifestaciones. Nuestra mente es poderosa y anda suelta por ahí porque no sabemos manejarla muy bien aún. 


https://bastetdelsur.blogspot.com/2013/08/el-y-el-mar.html



  1. En un solo momento

Es una especie de poesía. 


https://bastetdelsur.blogspot.com/2013/10/en-un-solo-momento.html



8. Mar Rojo

Es simpático.


https://bastetdelsur.blogspot.com/2013/07/mar-rojo.html



9. Lepantito

Este es mi cuento y escrito más largo que haya producido hasta el momento. Al que más empeño le puse y el que más trabajo me dio. Se trata de la vida y sus vicisitudes de un niño africano, Lepantito, que es adoptado por un hombre retirado. Es una historia de superación. Tiene 3 partes. Esta es la primera.


https://bastetdelsur.blogspot.com/2016/09/ 



10. Haz de Luz

También habla de recargarse de energías, de hacer un trabajo de introspección y salir hacia afuera renovada/o. Se trata de una obra de teatro.


https://bastetdelsur.blogspot.com/2013/08/haz-de-luz.html





miércoles, 23 de febrero de 2022

Mis 4 cuentos Infantiles :)

 Mis cuentos Infantiles :)


¡Hola! Acá estoy con mis cuentos infantiles. se fueron dando, no sé, surgieron y acá están. 


  1. Juguemos.


https://bastetdelsur.blogspot.com/2013/08/juguemos.html


  1. Camino.


https://bastetdelsur.blogspot.com/2013/08/camino.html


  1. Camino II.

https://bastetdelsur.blogspot.com/2013/08/camino-ii.html


  1. Milevana.

Este cuento lo escribí especialmente para mis entonces sobrinitas (ahora son sobrinas adolescentes!). ¡Atención! spoilers: El cuento es largo. Lo dividí en 2 y creo que aún es largo. Cuenta la historia de una familia absorbida por dos pequeñas extraterrestres muy particulares y picarescas que hacen de sus travesuras a los humanos. El cuento tiene un final abierto que invitó a terminar y compartir en los comentarios.


https://bastetdelsur.blogspot.com/2015/02/milevana-parte-1.html


https://bastetdelsur.blogspot.com/2015/02/milevana-parte-ii.html



sábado, 26 de octubre de 2019

Callados los dos


Callados los dos, lo dijimos todo

Y así como sin más te fuiste, papi, aun no lo puedo creer, te siento en todo el cuerpo. Siento tu partida en cada rincón de mi alma, de mis huesos, de mi vida. Mi mente deambula, anda taciturno por lugares inimaginables, manejado por el dolor de este último septiembre de los dos. De tu septiembre, de este fin de otoño gris, de esta nueva primavera vacía. Cuantas emociones juntas, mezcladas y exasperantes, cuanta realidad. Porque es la realidad plena lo que siento, jamás estuve tan acá, tan consciente, tan susceptible.
Ya no sufre tu cuerpo, solo en nosotros. Y me agrada sentirte bien allá, donde sea que hayas ido. ¡Cómo te voy a extrañar! ¡Tanto! Fue poco el tiempo que estuve al final de tu camino pero lo suficiente para comprender que ya no se podía más. Y qué importante me parece haber reaccionado, darme cuenta y haber podido estar, aunque fuera poco. No me arrepiento de mis decisiones pero me hubiera gustado estar antes, más tiempo acá por y con ustedes 2.
Por supuesto que tenías tus caprichos, y uno de ellos, por más de que pareciera una bobada, fue el que te llevó, quizá, inconscientemente necesario, para no dejarte vencer poco a poco, perdiendo todos los derechos sobre tu cuerpo.
Nunca perdiste el chiste, hasta último momento tu fiel compañero; ni tu linda sonrisa... y tus lindos ojos, tu mirada...tu alma.
Callados los dos nos dijimos todo. Nuestro cariño, el afecto y respeto.
No me olvido más de esta semana, no me olvido más de aquel sábado, de cada paso que di, de cómo se desarrolló ese día en mi vida y de los días posteriores. No me olvido de tu mano, de cómo me agarrabas para afirmarte al caminar. Me producía una inaplicable sensación a ternura y desolación. Sentía tu gran mano aferrada a la mía y me sentía en el lugar correcto, acompañándote, donde quería y sentía estar, al lado tuyo.
Gracias por “esperarme” y dejarme ayudarte y estar con vos al partir, quería más, estar más, ayudarte más.
Todo me recuerda a vos. Todo, a cada paso que doy. Me encantan los recuerdos y momentos compartidos. Tus cejas despeinadas. Te voy a extrañar tanto. Es increíble esta sensación a falta, tan grande, me faltas vos, me falta un respiro. Pensé que esto no llegaría más. Estoy anonadada.
Fui tan afortunada al tenerte casi 35 años. Gracias, gracias miles, gracias por siempre, por tanto, por todo, por siempre.


Diciembre 2017

lunes, 25 de marzo de 2019

Seguridad / Inestabilidad


Creo que a veces la seguridad puede que sea una mentira, una trampa. Es comodidad, es atenerse al menor riesgo posible, te acostumbra al molde, a estar equilibrado lo mas posible, dentro del rango posible. Y la tranquilidad es serenidad, te crea un estado de calma. Es como si dibujásemos una línea, un renglón de cuaderno. Nada, sin latidos, vacío. Por eso, a veces, siento que la línea debe dibujarse con altibajos, con círculos, desordenado, y a veces hasta con nudos. Como la vida, que tiene ciclos, vaivenes, los cuales provocan emoción y así uno se da cuenta de que esta vivo.
El cuerpo tiende a reaccionar ante lo extraño, lo ajeno y aquello que no es propio nos proporciona miedo, nos da escalofríos, piel de gallina. ¿Por qué sentimos miedo? Pues porque el cuerpo siente el desequilibrio y genera estas reacciones, sea o no sea peligroso, es desconocido al cuerpo. Por ejemplo el amor, te da esa sensación de inseguridad, de desestabilidad pero nos encanta.
Entonces entiendo que la seguridad puede volverse incierta, trunca, aburrida, dejando que el cuerpo no sienta mas allá que lo que conoce para no desestabilizarse y así vivir en una sola sintonía.
También es cierto que uno busca aquello que no tiene, que le falta, es decir que si estoy intranquila busco generar esa seguridad que me apañe y, al contrario, si estoy en esa seguridad, pues buscaré la desestabilidad y eh aquí que al fin y al cabo todos estaremos viviendo estos dos estados, continuamente, buscando algo que no tenemos para que nos mueva, porque la vida es eso.
Todo este pensamiento en mí parte de un hecho concreto que me genera desequilibrio en una seguridad, en un vacio. Y ahí encuentro la crisis, esa que me mueve. Creo que renunciar a esa seguridad no es abandonar o desistir, es abrir nuevos caminos y oportunidades, crear incertidumbre sabiendo que lo que viene revolucionará las ideas, desestabilizará el cuerpo y el miedo hará lo propio. Es enfrentar esa crisis en mi, esa de la que habla Einstein, la que es necesaria para evolucionar, para crecer, para lograr la superacion personal de lucha contra el miedo, que me haga sacar a relucir la creatividad que tengo, mi ilusion e imaginación, mis conocimientos y que me haga aprender uevas cuestiones para así poder disfrutar de otra forma la vida.
¿Qué significa en mi la angustia, la ansiedad y el vértigo? ¿Qué es lo que me hace sentirme viva? Cuestiones que me inculcó Descartes con su duda métodica, el famoso “je pens, donc je suis”.
Vivir es eso, sentir. Sentir cada una de las emociones que tiene nuestro cuerpo, “buenas” y “malas”. Aprender y generar para cambiar.
Estoy condenada a ser libre” me dijo Sartre. Y por ello me sumerjo en mis sueños despiertos, en mis motivaciones y emprendo mi busqueda con mis miedos, dejando que los miedos ajenos no interrumpan este crecer.
Me responsabilizo de sentirme viva, de querer desestabilizarme para poder encontrar otra seguridad y que esta ya me resulte tan inestable que necesite otra estabilidad. Renuncio a lo seguro, aunque no sea fácil, aunque me cueste mucho. Y sé que voy a estar bien, porque me lo propongo, porque lo siento, porque todo vuelve a su estado de equidad, porque volveré a desestabilizar, por que siento y vivo.-

miércoles, 21 de febrero de 2018

Los Ñoquis


Los ñoquis. Creo que nunca me voy a olvidar de eso. Bueno tal vez sí, pero ahora que lo escribiré quedará grabado para siempre en estas líneas.

A veces pienso en querer encontrarte. En sueños, en sensaciones, no sé, de alguna manera. En manifestaciones. Comunicación de algún tipo. Se siembra una esperanza ciega, que cae al vacío mismo sin parar. 

Me eh descubierto inventando historias que me puedan llegar a pasar. Como aquel ingeniero que algún día podría aparecer cerca mío, lo suficiente para yo escucharlo hablar, que se llamé como vos y que le podría contar a alguna persona que algún domingo, su esposa e hija le hicieron unos ñoquis riquísimos. Y contará detalles de ese almuerzo, y dirá cosas que me hará comprender que sos vos. Que es un mensaje tuyo. Porque contará cosas que eh pensado solamente y que nadie lo podría saber.

Los ñoquis estaban ricos, con un toque de amargura, claro. Esa que cae como trago de fuerte aguardiente por la garganta. Ese husito de pollo que entra sin querer y te raspa todo por dentro. ¿Cuantos días antes fueron? ¿dos? O tal vez fue el día anterior, porque Ese día, en Ese momento, yo estaba haciendo las compras y te juro que pensé en los ñoquis. Los pensé. Me habías dicho que tenías ganas de comer ñoquis. Y eso me quedó dando vuelta en la cabeza. Hasta el día de hoy. Y vi y pensé en los ñoquis mientras vos vivías Ese momento.

Yo iba en busca de otras cosas. Los ñoquis, te dije, los iba a hacer otro día, más adelante. Es que no sabía que no podría haber un “más adelante”. Y cuando llegué a casa y me enteré lo que pasó…  traté de aferrarme a la calma. No imaginé lo que vendría después. Y los ñoquis quedaron relegados.

Esa fue semana áspera. No me voy a olvidar más de esa semana. De cómo me sentí, de lo que sentí. Fue a flor de piel. Fue tanto. Es tanto. 

Y me quedé con los ñoquis en el aire. Con ese deseo saliendo de tu boca. Y a veces me rio porque es una tontería pensar en eso, pero me surge y lo pienso, le doy importancia y lo hago algo. Lo sé. Que le voy a hacer.  

 Y al domingo siguiente de tu partida, ahí, en ese domingo sin vos, hicimos los ñoquis. En tu memoria. Y fue como con el raspado en la garganta, el silencio del alma, el espacio vacío de tu silla, el corazón latiendo con el lagrimal húmedo, que en tu honor, pequeño y significativo honor, quise dedicarte los ñoquis. 

Y creo que los disfrutaste. Si lo creo. Lo siento. Y estaban ricos. Salieron bien y te pensé, comiéndolos, aplacando tus ganas inconclusas a través de mí, de nosotros, los comedores de ñoquis.

Es una historia que la pienso. Me da nostalgia. Los Ñoquis. Es como un simbolismo, como una anécdota que a cumplirse 5 meses todavía sale de mi aparato pensador, La Incansable, como le digo yo. Esa historia del ingeniero y sus ñoquis, ese “Bon appétit” que sale sin querer pero queriendo. Ese domingo de ñoquis.