Lepantito I: https://bastetdelsur.blogspot.com/2016/09/lepantito.html
Lepantito 2da parte: https://bastetdelsur.blogspot.com/2026/03/lepantito-ii.html
LEPANTITO III
“La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierran la tierra y el mar: por la libertad, se puede y debe aventurar la vida”
Miguel de Cervantes
Lepantito estaba nervioso. Recién terminaban de hacer su efecto, las patillas que lo habían hecho dormir un buen tramo del viaje. Se incorpora en el asiento y toma un sorbo de agua. Luego, pone su mano en el bolsillo y parece apretar con fuerza algo. Mira fijamente, en solemne quietud, el asiento delantero. Piensa en la ventana, pero no se atreve a girar su cuello. Continua apretando aquello que hay en su bolsillo, ese algo que había guardado tantos años, sin mostrarlo, sin usarlo, olvidado. Y es en este momento en que más parece necesitarlo y quererlo. Lo atesora.
A pocos minutos de despertar, se anuncia la llegada y el descenso. Con rapidez ajusta su cinturón de seguridad. Comienza a sudar. Sus manos se sienten pegajosas, una gota lateral corre por su cara. Varios suspiros salen de su boca nerviosa. Más que aire, parece emanar bocanadas de fuego. El avión se inclina hacia abajo y el estómago le llega al corazón, el cual, inevitablemente, asciende hasta la garganta, llegando a tocar la úvula. Aquello parece desarrollarse en cámara lenta. Piensa en su vida, desde lo primero que recuerda hasta este último momento. Por fin, el avión aterriza, pero nada en su interior se acomoda aun. Esta conmocionado. Empieza a respirar con brusquedad y trata de domarse tomando bastante aire y expirando por la boca. Las señales lumínicas y una voz en el alto parlante lo invitan a dar los primeros pasos de esta travesía. Pretende desabrochar su cinturón de seguridad pero falla en los primeros dos intentos. En el tercero, logra liberarse y se pone de pie en un santiamén. Mientras espera que las puertas se abran, mira a las personas a su alrededor. Pone la mano en el bolsillo, agarra el objeto que tiene y, apretado, lo saca dejando caer su brazo. Comienza a caminar. Al salir del avión y pisar suelo africano nuevamente, después de casi 35 años, siente como su alma se da vuelta en su interior, su mirada se nubla y su corazón se sacude enérgicamente. Pero él demuestra firmeza. Sale queriendo simular que nada pasa. Tiene la cabeza demasiado en alto, conteniendo sus lágrimas y cerrando su garganta. En el taxi que lo lleva al hotel, mira en todo momento el suelo. No quiere ver a nadie, no quiere ver nada. No se anima. Esta aterrado. Nervioso. Que tonto - piensa - ya ha pasado tanto tiempo y tantas cosas en mi vida. Al llegar al hotel se desploma en la cama y permanece así un largo rato. Solloza, canturrea “Zenseni na?”, abraza la almohada. Con un brusco movimiento se levanta. Piensa en Conrado. Sale de la habitación, baja al bar y se pide un whisky. Se calma. Tiene en su bolsillo aquello que ya no suelta más. Que aprieta con fuerza en su mano. En el bar se confunde en miradas ajenas. Por breves segundos, mira a la gente a su lado tratando de no perderse en juegos de palabras sobre historias pérdidas o prohibidas. Antes de terminar su trago, se marcha, vuelve a la habitación y se comunica con su esposa. Esta lo anima desde la distancia. Le hace recordar sus puntos fuertes, su coraje y lo envalentona. Hablaron casi 4 horas. Su compañera de vida. Era tan feliz de estar a su lado. Se bancaron tanto las espaldas. Estaba decidido a continuar su sanación. Ya no queria estar más en esa constante depresión. Luego de hablar con su esposa, llamó a María. Hablaron más que todo lo que habían hablado en veinte años. Ella estaba emocionada, él parecía haber aflojado su dureza y la trataba dulcemente. Le hablaba desde el corazón. Se comprendieron y se amistaron. Se perdonaron. Eran familia, por Conrado.
Al día siguiente, Lepantito se subió a un auto alquilado y se fue a la tribu donde lo encontró su padre adoptivo. Cada kilómetro avanzado, el corazón se aceleraba, le sudaba el cuerpo, le costaba respirar normal. Al llegar al lugar, sus ojos brillaban. Se volvieron más redondos, se iluminaron, se humedecieron. Miraba desde el auto. Sus ojos centellaban todos sus recuerdos. Tenía sentimientos encontrados. Apagó el motor, y se quedó quieto unos minutos, en silencio. Acto seguido, abre la puerta, y saca la pierna afuera para bajarse. Se siente como Neil Armstrong alunizando. Acerca, cuidadosamente, el pie al suelo, como si algún movimiento en falso hiciera estallar todo. Mira atento el recorrido que hace el pie. Todo transcurre lentamente. Cuando apoya el zapato, juró ver cómo se desplazaban las partículas de tierra hacia los lados. Cerró la puerta y se encontró totalmente allí, completo, él y la tribu. Se sacó el calzado, estiró los dedos de los pies. Se sintió en su hogar. Se adentró en la comunidad. Sentía una opresión cada vez mayor en el pecho, a cada paso que daba. Lo recibieron dos hombres que lo saludaron en inglés. Él sonrió y les hablo en Zulú. Estos se sorprendieron al escucharlo. Allí, una mujer, apenas lo vio, salió a su encuentro. Lo miraba atenta, extrañada, preguntándose si era aquel niño que alguna vez anduvo por allí. Le sonrió y él le devolvió la sonrisa. Entonces la anciana sonrió aún más y se acercó para abrazarlo. Lepantito no la recordaba. Ella era la hermana mayor de uno de los niños con quien jugaba, de chico, en la tribu. Cuando ella lo llevó hasta él, Lepantito lo reconoció y no pudo contener más su emoción. Se abalanzó abrazándolo con fuerza. Saltaba de felicidad, reía a grandes carcajadas. Se sentía pleno, igual, uno más. La gente se iba acercando, conocidos o no, a saludar a este visitante. A Lepantito se le erizaba el cuerpo cada vez que reconocía a alguien. Y las imágenes de su pasado no paraban de presentárseles en la cabeza. No dejaba de sonreír un momento. Tanta satisfacción corría por su cuerpo. Estaba en éxtasis total y contagiaba al resto.
Le hicieron una gran comida de bienvenida. Le prepararon sus típicos platos amazi, paap y uleis. Bebió utshwals, bebida que hacía años no tomaba. Se sentía maravillado. Danzaron diferentes bailes. Le ofrecieron una ceremonia de curación espiritual. Recorrió todo el lugar. Lo reconocía a pesar de que la tribu estaba distinta. Usaban ropas de algodón, sus casas eran de ladrillos, aunque mantenían sus típicos techos circulares de pasto y costumbres. Le prepararon cerveza africana en vasijas de cobre. Las gallinas lo hacían reír, le recordaban la cara de espanto de María. Lo hacían sentir en casa. Estaba fascinado. Estaba viviendo un sueño hecho realidad. Algo que tanto tiempo evitó. Su cabeza no paraba. Pensaba en todos y en todo. Y apretaba con fuerza su amuleto.
Allí pasó una semana, acostumbrándose nuevamente a sus raíces. Y tomándose un tiempo para respirar, para retomar fuerzas y seguir su camino. Su tribu Zulú. Allá, más allá, donde había perdido a su familia. Era allí el verdadero reto. Lepantito estaba bien. Ya no tenía miedo. Pero estaba nervioso y ansioso por volver sus lares. Si bien venía trabajando en recuperar la paz interior que necesitaba para seguir su vida, esa semana aprendió a liberar el rencor. A sentir paz verdaderamente. A perdonar y sanar. Pensó mucho en su historia. Nunca había entendido el odio de los demás. ¿Cómo podían dejarse dominar por el poder y querer arremeter a toda costa, con todo a su paso? Incluyendo vidas. La vida de su familia. Destruir sin importar qué. Conducidos por la ira y ferocidad, eran capaces de cualquier cosa y actuaban instintivamente, olvidándose de la razón. Ese don que el ser humano posee.
Lepantito se sentía fuerte, renovado. Tenía consigo el amuleto de su padre. Aquel que recogió del suelo, cuando tuvo que salir corriendo, agazapado, para esquivar la muerte, mientras dejaba a su padre tirado en el suelo, con los ojos puestos en él, vidriosos, perdiendo vitalidad, embadurnado en su propia sangre. Lepantito corría a la deriva. “Mátate tu antiguo miedo: la venganza evoca a la venganza; la sangre, a la sangre también; los dioses consuelan a los hombres en sus males…” Recordaba que había leído de las escrituras griegas. Pensaba en su dios, pensaba en sus ancestros, en su familia. Los había pensado durante los rituales. Les pedía perdón por olvidar, por escapar. Era tiempo de volver a su lugar. Se despidió de aquella tribu que lo acogió las dos veces que llego aterrado. Prometió volver. Y por el lugar que había llegado la primera vez, siguió su camino. Pero a la inversa. Solo, nuevamente, pero acompañado. Sentía a su lado la presencia de sus seres queridos. Recorrió serenamente aquellos lugares por donde antes huía aturdido. Cada vez que se acercaba más a su tribu, menos temor sentía. Y sonreía. Era un proceso como el camino que recorría, a la inversa. Cada vez más confiado y firme. Sentía la energía que los suyos le entregaban. Toda su familia caminando con él: Conrado y su padre a sus lados, sus hermanos caminaban de la mano, al lado de su padre, delante de su madre. También sentía la presencia de sus hijos, su esposa y de María. Estaban cerca de Conrado. Allí estaban sus perros, y sus mascotas. Todos caminaban a la par. La paz que se respiraba en el lugar era inmensa. La mirada de Lepantito se fundía en el horizonte. Aquel en el que de a poco empezaron a asomarse las primeras casas. Caminaba sereno, concentrado. A paso firme, seguro. Cerca de la tribu, comenzó a aminorar la marcha hasta detenerse. Se quedó allí unos instantes, pensando. Giro su cabeza hacia la izquierda y camino para aquella dirección, más o menos 15 pasos. Se detuvo. Miro al suelo. Recordaba. Una leve briza paso por su cuerpo estremeciéndolo. Se agacho y toco el suelo. Agarro un puñado de tierra y se levantó. De repente, su boca se tensó y sus orificios nasales se agrandaban a cada respiro. Sus ojos se abrieron como dos grandes monedas. En un segundo, se contuvo. Cerró los ojos y dejó que el fervor, la dolencia y el odio salieran evaporados de su cuerpo, a los rayos del cálido sol. “la venganza evoca a la venganza” – repetía. Abrió los ojos y dejó que el puñado de tierra se escabullera por sus dedos. Luego volvió a tomar su curso. Allí había visto por última vez a su padre.
Cuando llegó a la comunidad, Lepantito estaba en una especie de estado Alfa. En toda su caminata se había concentrado en derrumbar viejas piedras que tapaban su camino. Pensó y trabajó en ello. En soltar, en volar, en vaciar y completar. Todo estaba distinto. Sonrió. - Esta es mi tribu - dijo, pensando en Conrado. Varios hombres se acercaron para recibirlo. Se saludaron. Lepantito dijo que había vivido allí de niño hasta que la codicia había alcanzado a su tribu, hacía más de 30 años atrás. Tal como sucedió con el otro clan, lo recibieron alegremente. Lepantito estaba tranquilo, sumergido en sus reflexiones. Era increíble lo distinto pero tan conocido que era aquel lugar. A cada dirección que miraba, tenía un recuerdo. Veía a su familia, en sus pensamientos alegres. Sin embargo, aquellos recuerdos se disparaban a aquel suceso de humo y soledad. Rápidamente esfumaba esas memorias de su mente y observaba esta renovada comunidad. Se sentía orgulloso. Su tribu se había reconstruido y había subsistido. No podía haber cosa mejor que aquella. El estar en pie. En ver que sus raíces seguían expandiéndose y volviendo a resurgir, pese al intento de exterminación. Ellos afloraban. Comprendió mucho aquellos días. Se perdonó por haber dejado ese lugar olvidado y tardar tanto en regresar. Estaba feliz y sentía la libertad de su pueblo, de su alma.
Dos personas quedaban de su época. Una mujer y un hombre. Primero lo llevaron con ella. Apenas esta lo vio, lo reconoció. Se observaron, sumiéndose en una mirada de comprensión, complicidad. Se entendieron. Compartieron el sentimiento. Unos pocos minutos después, ella tomo en sus manos la cara de Lepantito y pronuncio apaciblemente su nombre. Sonrieron. Lepantito se sentía cada vez más a gusto. Al cabo de un rato llego Bongani, el otro sobreviviente. Los tres hablaron largo y tendido sobre aquel siniestro ocurrido a los Zulú. Compartieron la tristeza y la emoción que aquello les significaba. Y se enorgullecieron de haber logrado continuar con sus creencias y costumbres. Además, la mujer y el hombre reían al ver a Lepantito. Rememoraban aquel niño travieso que era imposible de olvidar. Tenían muchas historias de ese pícaro muchacho de un solo brazo. Siempre mandándose macanas. En una gran ceremonia de bienvenida, contaron a todos los de la tribu cómo era este hombre de niño.
Al otro día, bien temprano, Lepantito se dirigió al lugar donde había estado posicionada su casa. Allí había ahora un gallinero. Sonrío. Veía a su madre sentada, llena de júbilo, que lo miraba con orgullo. Veía a sus hermanos jugar cerca y se vio a él mismo. - Esta era mi casa - dijo, pensando en Conrado. - Esta es mi familia. Recordó cuando precipitadamente entraron a su casa y le arrebataron la vida a sus hermanos y a su madre, aquella tarde donde la calma se vio sorprendida por la calamidad. - Senzeni na? Senzeni na? - Repetía. Súbitamente, el recuerdo lo impregnó de imágenes vivas y se encontró en medio de aquella situación, años atrás. Podía sentir cómo el miedo lo invadía por completo de un momento para el otro, cuando jugaba dentro de la casa. Escuchó el estruendoso irrumpir de los bárbaros mientras que sentía el fulguroso calor del fuego quemando su choza. Volvió a revivir aquella sensación de incomprensión y miedo cuando su madre lo levantaba del suelo y lo tiraba afuera, escuchándola gritar desesperadamente y callar en el acto. Una vez más, vio a su padre tomarlo de su brazo con extrema brusquedad y llevárselo corriendo lo más lejos posible, de ese lugar en llamas. Sintió cómo se desplomaron ambos al suelo, y como la intuición lo guió a correr para escapar de allí. Lepantito recordaba tristemente. Sin embargo, dejaba ver en su expresión total tranquilidad. –Ya paso- dijo para sus adentros –Ya pasó. Estaba en paz. Lepantito tenía tres visiones distintas en su mente: los recuerdos de su infancia, aquel momento en llamas y la actual aldea. Tres visiones de su tierra Zulú. Vislumbraba pasado y presente; y proyectaba el futuro. Sonreía. Sabia que a pesar de todo, allí estaba su esencia, renaciendo. Construyendo un porvenir más sólido y fiel a sus costumbres.
Con el correr de los días, Lepantito fue liberándose completamente de sus preocupaciones. Sus facciones cambiaron, parecía un hombre más joven. Estaba contento y sereno. Perdonó. Agradeció. Llamaba de vez en cuando a su mujer para comentarle, a grandes rasgos, cómo estaba. Estaba entusiasmado. Quería traer a su familia a esta tierra. Quería casarse con su esposa en su tribu, bajo sus costumbres. Quería contarles todo y hacerlos participes de sus raíces. Al momento de volver a su casa con su familia, un mes después, se le hizo difícil. Se iba contento, sabiendo que volvería. Tenía muchos planes para la comunidad. Era servicial, quería ayudar en todo. Pero debía marcharse. Había construido una vida lejos de allí y sus seres queridos lo estaban esperando. Además, su mujer ya estaba por dar a luz.
Cuando llego, todos se sorprendieron de lo cambiado que estaba. Física y anímicamente. Tenía una expresión de frescura. Se reunieron todos en su patio. Lepantito estaba feliz de volver a ver a su familia y sus mascotas. No se había dado cuenta de cuanto los había extrañado. Les contó todo lo que había vivido allí. Por supuesto paso por el cementerio a visitar a Conrado.
A través de los años volvía a su tribu, a visitar y se quedaba un buen tiempo. Se casó con su mujer allí. A veces iba con alguno de sus hijos. A veces solo. Pero dos veces por año volvia. Y estab en continua comunicación porque ayudaba en lo que podía y mandaba toda clase de cosas. En su pueblo, había puesto una gran veterinaria que manejaba con sus dos hijos mayores. Se convirtió en un gran activista, luchaba por los derechos de la tribu Zulú y de los animales. Participaba de charlas en las escuelas, enseñando el verdadero sentido de UBUNTU.
Una noche, en su 86avo verano, Lepantito dormitaba plácidamente sobre su cama. Recostado, podía escuchar el bochinche de los nietos y bisnietos, más los perros y las gallinas, en el patio. Sus hijos andaban atrás reprochando. El sol entraba por las rendijas de la ventana proporcionando una agradable sensación a calor. Entreabrió los ojos y vio a su mujer acercársele y tomarlo de la mano. Esta le sonreía gratamente. Estaba hermosa. Irradiaba paz. Lo miraba recostado, mientras que él cerraba los ojos para sentir el calido halo de energía que los envolvía. Se levanto. Se sentía fuerte. Miro por la ventana el gran clan familiar que había creado. Dio rienda suelta a varias generaciones que se paseaban por su patio. Con sangre Zulú, bajo el apellido de su querido Conrado. Miro a su esposa, ella estaba a su lado, aun sujetándolo de la mano. Caminaron hacia el patio. Allí estaban todos, su familia, sus amigos, sus perros. Sus mascotas. Tomo de su bolsillo el amuleto de su padre. Y contemplo aquel patio lleno de alegría: María, Conrado, su padre, su madre, sus hermanos, Tau, Sancho, Rodaja y Galatea. Sonrió, estaba en casa.
fin.-
2015
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